Introducción
El ser humano ha ido moldeando, desde barro a roca, siempre en la ansiada búsqueda de otorgar sus cualidades a los objetos. Hace muchos siglos, y tal vez, milenios, el Hombre ha intentado recrear la vida en los cuerpos inertes.
Plasmar en un cuadro, una estatua o un autómata, la más cercana expresión de realidad, y por tanto, de vida. Lo que fue, es y será la misión del artista, con tal de constatar la huella humana en ese objeto, creando así una pseudo-complicidad con la materia. Desarrollán- dose con lo ello de manera brusca, cambiando la naturaleza del mismo, y esposándolo a la nuestra.
Durante la historia, el artista ha ido cambiando su forma de ver y entender el arte plástico (también otros, aunque no sea el caso en este artículo). Desde la
antigüedad clásica, los artistas buscaban la recreación que consideraban más bella de la naturaleza. Esto lo llevaban a cabo desde lo que se entendían como una mirada hacia el interior de dicho artista, en busca de aquello divino para varias formas de pensamiento de la época, aquello conocido como la idea. Platón (y Sócrates, claro está) tiene mucho que ver en esta concepción que marcó el devenir del conocimiento estético. La idea, por sus cualidades, era el espejo de aquello que era divino en el espíritu del artista.
Más tarde, esa idea dejaría de reconocerse directamente con lo divino dándole el calificativo de quasidea, dejando entrever de este modo que lo
único divino era el dios creador. Esto llegó de la mano del monoteísmo cristiano de Europa. Estábamos ante la imitación de la naturaleza desde el interior del artista, aplicándole éste su propio concepto de bello. Siguiendo con la intención de que el artista debía y podía mejorar aquellas imperfectas muestras que lo sensorial podía adquirir de su alrededor.
Luego, llegado el Renacimiento, el artista pasaría a ser como un científico, donde las propiedades naturales del objeto de reproducción (la obra artística en cuestión), debían ser una copia real y perfecta de aquello que se plasmaba del mundo fenoménico. Pero se consideraba que el espejo de la belleza artística se encontraba directamente en la naturaleza y sus expresiones.
Con el paso del tiempo, la teoría estética creyéndose capaz de estipular las bases de lo bello y hacer de esta forma un cierta ciencia de lo bello y del placer, ha ido mutando y transformando los contenidos teóricos de las ideologías o ciencias actuales aplicándolos a la obra de arte.
Centrándonos en este caso, en el mundo de los autómatas y los títeres, hemos de decir que éstos se dan a causa del sentido antropomórfico que el humano busca en los objetos; llegando en estas figuras humanoides a la máxima expresión de dicho carácter. La composición de todo un mundo de penumbra e idealismo verificaba el interés del ser humano en dar la cualidad divina de crear vida de lo físicamente inerte; colocándose así al nivel de un Dios.
* Uno de los autómatas más famosos de la modernidad, “el Pato” de Vaucauson. Era capaz de comer, hacer una especie de digestión y defecar después.Vaucauson fue uno de los más grandes creadores de autómatas de su tiempo.
(…)





Aunque austera, impacta lo curioso del azar, llevándome a topar con un container por las calles de Madrid, repleto éste de los recuerdos de una pareja. Encontrando a mi paso fotos de boda, enseres, ropas, libros de cuentas de un ya olvidado negocio, y toda una vida de recuerdos que acabó sin pena ni gloria en un depósito de aquello que ya no tiene o no le damos valor. Hubo algo, seguro, que hizo que esta familia no reclamase todo esto, pero aquí en su favor, quedaron recogidas algunas de aquellas… ¿Quiénes somos sin nuestros recuerdos? ¿Qué haríamos sin la memoria? Éstas y otras preguntas se nos pueden formular ante un caso como este. Hecho este montaje de fotografías tomadas por mí con la única intención y motivación filosófico-artística que le pueda dar, espera hacer pensar sobre lo inmaterial de la memoria: sobre el peso de nuestros recuerdos y nuestra experiencia en quiénes somos.






