Archivos Mensuales: abril 2010

Lo Cultural & Lo Político

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Lo Cultural y Lo Político,

partes de un mismo árbol.


La Decadencia. (3/3)


Desde siempre para la humanidad; es decir, desde que el ser humano se le considera tal; la cultura y la política han ido cogidas de la mano. Ya en la era del paleolítico los preceptos culturales –escasos aún en comparación con hoy- condicionaban la forma del orden social, o viceversa –si se prefiere-.

El origen del término político, del griego πολιτικος con pronunciación figurada: politikós, quiere decir ciudadano, civil o relativo al ordenamiento de la ciudad. El término fue ampliamente utilizado en Atenas a partir del siglo V antes de Cristo, en especial gracias a la obra de Aristóteles titulada, precisamente con el mismo nombre, “Política”. El mismo Aristóteles definía al ser humano como un animal político por excelencia. En otros momentos históricos como en otras corrientes ideológicas, se ha considerado al humano, todo lo contrario; un ser asocial, por ende apolítico. Pero si seguimos con lo que un diccionario nos diría sobre el término, como el de la RAE: también se define como política a la comunicación dotada de un poder y relación de fuerzas. Por lo que, prácticamente abrimos el concepto a un basto abanico de posibilidades en cualquier relación entre dos o más miembros de un colectivo, sólo considerando dotado de dicha política, a la raza humana. Por tanto, a diferencia del mundo animal, debemos añadir, aquello que distingue nuestra asociación en colectivos y su regulación, de la misma expresión de otras especies.

¿Qué es entonces eso que nos distingue? Básicamente, podríamos decir que es la capacidad de dudar y plantearse (o replantearse) las formas de orden en las que nos vemos sumidos. Y la frecuencia o nivel de crítica, nos hace separarnos más en pro de encontrar aquella que se considere como la forma idónea.

 

(…)

 

 

*(Artículo completo)

 


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Relato: Más allá de un ombligo

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“Más allá de un ombligo”

Era una mañana gris. El día se presentaba tan plomizo como tedioso. Los primeros rayos de luz avisaban de un inicio que no podía decidir. Lo mismo me pasaba cada día, y cada noche.

Las sombras se esfumaban entre los humos de los coches que abrían la veda del tráfico matutino. La maldición de la contaminación parecía no tener remedio alguno, aparentaba que a ello estábamos destinados. Algo que tenía tanto de falso que sólo podía ser creíble por una mente inocente, como la del ser humano. En verdad, sólo dependía de nosotros mismos el que eso cambiase.

Como cada día, en mi particular oposición a ese antinatural devenir de mis pasos, me dispuse a coger el metro. La misma hora de cada día, un autómata más empezaba su franja horaria de movimientos. Después del reposo, tocaba desentumecer músculos y huesos. O debería decir, tuercas y engranajes.

El sol tímido seguía escondido, menos por algún diminuto rayo que intenso se colaba entre las calles provocando reflejos y dando forma a los materiales colores. Cabía esperar que el día mejorase.

Una vez dentro, viajando hacia mi destino, permanecía sentado, leyendo. Esperando sin quererlo esos placenteros efímeros momentos que puede provocar un viaje en metro o autobús. Esa mirada cómplice que insinúa una ladeada sonrisa, o aquella que denota pasión entre corchetes por una figura o acción; también, lo agradable y cordial de la convivencia, la sensación de sentirse parte de un todo que funcione al unísono.

De los primeros, me quedo con la incertidumbre de que puede que no vuelvan a pasar, que no vuelvan a cruzarse contigo esos amores fugaces; de los segundos, la esperanza de que siempre estén.

Y así, entre papeles desordenados sigo camino a mi destino. Muy cerca de él, cada vez más, mientras pienso y leo, el tiempo aparenta acelerarse.

Hoy es uno de esos días en que todo el mundo que veo a alrededor parece peculiar. Un hombre despeinado sentado delante habla por los auriculares del teléfono, parece que hable solo, claro. Una chica a un lado no para de mirarse a las oscuras puertas de los vagones mientras circulamos por los túneles, cuando llegamos a las paradas mira hacia fuera y busca donde reflejarse. Unos niños alborotados van de excursión y hacen las gracias de una pareja de ancianos. Personas de distintos colores, como la realidad, caracteres que se entremezclan. Pocas veces se ve, dar los buenos días a un desconocido, parece que sólo miramos nuestro ombligo. Pero de tanto en tanto, me sorprende alguien cediéndole un asiento al chico de las muletas; o alguien que asiente al dejarte pasar educadamente; o la chica, que al escuchar las melodías que emite un músico en el metro, se le desvanecen las malas historias de su cabeza para dejarse llevar. Un gesto amable que alumbre ese fluir, sin más.

Ya he llegado, ensimismado, como tantas veces. Un trayecto que me ha enseñado más del ser humano, como las noticias de hoy, como las novelas de moda. Un trayecto entre mil historias liado, asomando la cabeza a cada una de ellas. Un trayecto abierto y no cerrado –aunque sea bajo tierra-.

Salgo, el sol reluce. Para mi sorpresa el día ha cambiado. Una sonrisa esboza mi cara y respiro buscando encontrar el aire no contaminado que nutra mis pulmones, el aire que con tanto coche está maltratado. El día se presenta espléndido, espero traiga cosas buenas.

Un viaje te hace cambiar de una realidad a otra, aunque somos nosotros mismos quienes verdaderamente podemos cambiar la realidad en la que vivimos.

(Relato corto presentado al concurso de relatscurts de TMB, si alguien quiere verlo en la web http://www.relatscurts.tmb.cat/aspx/ca-ES/home.aspx aparece, y siempre podrá votarlo, claro…)